¿Cómo manejar el estrés? Del eustrés al distrés en una era de sobreinformación
Vivimos inmersos en una era donde la velocidad de la vida digital ha rebasado los umbrales de procesamiento de nuestra mente. La información llega como cascada interminable: mensajes, correos, notificaciones, estímulos visuales y sonoros que no se detienen. Este contexto hiperconectado ha generado un nuevo tipo de tensión interna, una especie de cortocircuito psíquico que pone a prueba nuestra capacidad de adaptación. En este entorno, el estrés deja de ser un fenómeno ocasional para convertirse en un estado constante y, muchas veces, desgastante.
Pero ¿qué es realmente el estrés? ¿Es siempre negativo? ¿Podemos encontrar en él una función adaptativa que beneficie nuestro crecimiento? Para responder a estas preguntas, primero debemos comprender sus dos caras: el eustrés y el distrés.
Eustrés y distrés: dos caras del mismo fenómeno
El estrés, desde una perspectiva fisiológica y psicológica, es una respuesta del organismo ante una demanda percibida. Hans Selye, pionero en el estudio del estrés, lo definió como la “respuesta inespecífica del cuerpo a cualquier demanda de cambio”. Dentro de esta respuesta, podemos distinguir dos formas: el eustrés (estrés positivo) y el distrés (estrés negativo).
El eustrés es el tipo de estrés que nos motiva, que nos impulsa a alcanzar metas, a estar alerta y responder con eficacia ante retos cotidianos. Está presente cuando sentimos entusiasmo antes de una presentación importante o cuando nos organizamos para cumplir con un objetivo personal. Este tipo de estrés es funcional y, en pequeñas dosis, incluso saludable.
Por el contrario, el distrés se presenta cuando la presión supera nuestros recursos personales para afrontarla. Es crónico, desgastante y puede producir síntomas físicos, emocionales y cognitivos: fatiga, irritabilidad, insomnio, dificultad para concentrarse, ansiedad y enfermedades psicosomáticas.
La trampa de la eficiencia: cuando todo urge y nada se asimila
En la cultura contemporánea, hemos confundido eficiencia con salud, rapidez con éxito, y estar “al día” con bienestar. Queremos responder a todo: al trabajo, a los grupos sociales, a las redes, a las exigencias de productividad… sin siquiera haber digerido lo que ya estamos procesando. Es como si intentáramos vaciar un mar con una cuchara.
El problema no es solo la cantidad de estímulos, sino el tiempo (o la ausencia de este) para asimilar, integrar y procesar lo vivido. Nuestra psique, sobrecargada, entra en un torrente donde no puede seguir el ritmo de las exigencias del entorno. Este desajuste genera desequilibrio emocional, desregulación física y un estado mental fragmentado. Nos descompensamos porque simplemente no fuimos diseñados para vivir en un estado de alerta permanente.
Aquí es donde entra una herramienta vital: la memoria selectiva. Aprender a elegir conscientemente qué información retener, a qué estímulos responder y cuáles dejar ir. No todo lo que llega merece nuestra atención. No todo debe ser contestado de inmediato. Filtrar es cuidar la salud mental.
Claves para manejar el estrés en tiempos hiperdigitales
Manejar el estrés hoy implica mucho más que “relajarse” o tomarse unos minutos para respirar. Requiere un cambio profundo en nuestra manera de habitar el tiempo y la atención. Aquí algunas claves:
- Reconoce tus límites
No eres una máquina. Reconocer que no puedes con todo no es un fracaso, es una afirmación de autocuidado. Escucha tu cuerpo y tus emociones. - Diferencia entre eustrés y distrés
Pregúntate: ¿esto me impulsa o me paraliza? ¿Me motiva o me agota? Aprender a identificar el tipo de estrés que estás viviendo es fundamental para actuar con conciencia. - Practica el “no inmediato”
No todo merece respuesta inmediata. Tomarte un momento para responder puede reducir significativamente la carga de distrés. - Diseña tu dieta informativa
Así como cuidamos lo que comemos, también debemos cuidar lo que consumimos mentalmente. Reduce la exposición a noticias negativas, notificaciones constantes y redes sociales. - Incorpora pausas activas y momentos de silencio
El silencio no es ausencia, es espacio para el reencuentro con uno mismo. Establece rutinas donde puedas respirar, sentir y descansar. - Fortalece tus redes de apoyo
Hablar con alguien de confianza, pedir ayuda o simplemente compartir lo que sientes puede reducir el impacto del estrés acumulado.
Conclusión: elegirse a uno mismo, una y otra vez
El estrés no desaparecerá de nuestras vidas, pero sí podemos transformarlo. Podemos elegir conscientemente cómo nos relacionamos con las demandas externas, qué atención damos y a qué ritmo vivimos. La eficiencia no debe ser nuestro norte si a cambio sacrificamos nuestra integridad emocional, mental y física. Manejar el estrés implica una decisión diaria: elegirme a mí, cuidar mis tiempos, proteger mi atención, respetar mis límites.
“En un mundo que corre, el acto más valiente es detenerse y escucharse.”
Bibliografía
- Lazarus, R. S., & Folkman, S. (1984). Stress, appraisal, and coping. Springer.
- Selye, H. (1974). Stress without distress. Lippincott.
- Goleman, D. (2013). Focus: El poder de la atención en un mundo distraído. Editorial Kairós.
- Sapolsky, R. M. (2004). Why zebras don’t get ulcers: The acclaimed guide to stress, stress-related diseases, and coping. Holt Paperbacks.
- Maté, G. (2022). The Myth of Normal: Trauma, Illness and Healing in a Toxic Culture. Avery.

